02 de noviembre—21 de diciembre

Celina Eceiza:
La conquista del reino de los miedos

Celina Eceiza es una de esas artistas que puede hacernos ver el paraíso en la tierra. Pero no porque busque evocar ideas ya viejas de perfección o porque convivan en sus pinturas, tal como lo hacen, todos los reinos de la naturaleza, sino porque en su obra –desde hace un tiempo, en sus telas– se despliegan con soltura, liviandad y sin jerarquías, formas y cuerpos capaces de comunicar una energía tan calma como electrizante que oscila entre el ocio y el disfrute, el acecho sin apremio y cierta bonanza que surge de la manera en que se yerguen seguros, satisfechos y libres de toda preocupación.

Fondos y figuras hacen visible, fundamentalmente, la energía de lo vivo, de una fuerza que fluye y que en sí misma parece incontenible –así lo sugieren su irregularidad y desproporción, sus formas tan llenas–. En estos cuerpos en búsqueda de equilibrio existe la posibilidad del movimiento, de transformar o de haberse transformado, de un inminente cambio de estado, de ser alimento. Parecen fluir, además, porque tienen la particularidad de exhibirse siempre en diálogo, están conectadas, apiladas, se afectan y eslabonan, brotan unas de otras, se enganchan como elefantes, de la trompa y la cola, anticipando una conexión infinita. Las gotas de lluvia y las lágrimas riegan las flores, la bebida es empujada adentro de las bocas, los pájaros llevan y traen cosas que son mensajes capaces de comunicar cielo y tierra o una tierra con otra: acercan. Incluso cuando no las vemos, entendemos que hay otras formas adentro o detrás de ellas, otros cuerpos que los estimulan, los rellenan, los nutren, los persiguen, los miran, los iluminan, los queman. En todas ellas late la capacidad de la reproducción: en los huevos, las flores, los vientres, incluso en las telas de araña que se extienden como rayos de sol o pueden crecer, como media sombras, entre las telas. En los jarrones que son a la vez formas de pan y de vino multiplicados. Unos y otros son receptáculos y conectores, como una vasija, un tronco, una rama, una mano, un sexo, una herramienta.

“Elaboro imágenes que funcionan como contemplativas del mundo y al mismo tiempo refieren a lo bajo, lo oculto, lo mítico y lo sublime, pero también a lo vulgarmente cotidiano en clave bucólica”, escribió Celina sobre su propia obra. Y continúa: “El humor y lo sagrado se mezcla con lo caprichoso hallando lugares en el encuentro de culturas y creencias, incorporando las imágenes y formas que estas toman: una carpa estilo árabe, el toldo de un kiosco, la naturaleza muerta de un pintor naif, la decoración casual o las técnicas de artesano de feria”. Esta convivencia de imágenes, de culturas, de técnicas, de diosas y de diablos, es lo que configura este paisaje de la abundancia en el que no hay hambre, no hay ansiedad, no hay debilidad ni amenazas tal como las conocemos. Donde las líneas ondulantes –que reproducen, sin forzarlo, el trazo de su dibujo casi automático–, permiten que las formas se encuentren sin lastimarse. Que se derramen con naturalidad unas sobre otras, como lo hacen los senos estrábicos de las mujeres que viven sobre estas pinturas, y que todas ellas floten plenas sobre sus fondos frescos e iluminados.

Celina Eceiza es una de esas artistas que puede hacernos ver el paraíso en la tierra porque recupera a las formas como parte de un ecosistema, natural y simbólico, que da la bienvenida a todo lo que se le presenta y donde vida y muerte se reúnen sin chocar, donde todo es fecundo, donde se integra el adentro con el afuera. Porque sus cuerpos exuberantes y libres, capaces de recibir y de transmitir energía, creadores y guardianes, están en calma. Porque su exquisitez blanda, liviana y rugosa nos permite escapar del mundo liso y firme y recordar que la capacidad de nuestras formas de ablandarse, e incluso de deformarse, es lo que les permite abrazar y abrazarse a lo que las rodea.

—Alejandra Aguado

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La conquista del reino de los miedos, por Celina Eceiza

La vida como un manjar,
el inconsciente como un tesoro,
el espíritu como un gigante,
el color como una droga,
el espacio como superficie de sensaciones,
la evasión como una posibilidad.
El capricho como un milagro creando
la dicha de la vida ascendente.

Hay un convento a la vuelta de tu inconsciente
donde vive un aquelarre de mariposas.
Toman vino y decoran con flores el lugar brindado.
Algunas están podridas
y otras floreciendo.

El mundo para evadir.
La evasión para conectar.

Un leve rocío de perfume de lágrimas
moja a las carmelitas.
Todo el mundo está ahí en medio, yendo y viniendo,
en donde cada tanto los dioses pasan sonrientes.

Una mariposa también puede ser un ángel.

—Celina Eceiza

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