6 de abril—8 de junio de 2019

Mariana Ferrari:
Sí, no y otras opciones (1)

Si lo que llevó a considerar la muerte de la pintura fue una carrera de auto-reflexión en busca de la última pintura, la que agote sus posibilidades, la más absoluta (el “end-game scenario” del que habla el crítico alemán Jan Verwoert), el trabajo de Mariana Ferrari, muy por las antípodas, es ejemplo del plan de reversión en el que se sumergió este medio para impedir llegar a su punto cero, aquel que viene haciendo hincapié en la capacidad de la pintura para multiplicar, una y otra vez, sus posibilidades. Habiendo tocado fondo, o chocado contra él, la pintura rebotó y estalló como una especie de Big Bang, expandiéndose en formas infinitas. Y Mariana probó, en medio de este horizonte de oportunidades, explotar también sus propios recursos y volver a sus trabajos una superficie de montaje donde se acumulen las múltiples decisiones a las que se entrega al pintar, o al pensar en pintar.

Desplegadas entonces en cuatro paneles -cuatro alternativas-, las pinturas de esta exhibición refutan el hecho de que cada una de ellas pueda presentarse en tanto propuesta concluyente. Ellas son punto de llegada de horas de trabajo en simultáneo en las que la pintura se busca y se hace, en el sentido más básico del término: se la cuelga, se prueban tipos de pincelada, se la ataca con fuerza o se la acaricia con toques livianos, se la perfora, se mira de lejos y de cerca para pensar cómo recomponerla, se la mueve, se la corre, se la salpica, se tensiona, se le cuelga peso, se la desparrama, se difuminan sus bordes, se la envuelve, se le crean nuevas capas, se le suma un color, se la repinta con arrepentimiento o se le dibujan encima líneas de tela que la abrazan, la adornan, la escoltan, o ensayan vendarla. Un catálogo de acciones que quedan a la vista, cuyo potencial de ampliación sólo parece haber quedado reducido por una necesidad -a veces forzada por el sistema de exhibición- de cierre.

Este proceso parece funcionar, para la pintura, como una estrategia de supervivencia. Al encarar sus obras como un proyecto capaz de ser transformado continuamente -algo que deja entrever el deseo, aunque inconsciente, de que el acto de pintar no termine jamás-, se manifiesta la voluntad de seguir convocando a la pintura, de que pintar signifique, por encima de todo, perpetuar su existencia. Las pinturas de Mariana, como La pintura, son como un chico que no quiere ir a dormir. Y encuentra siempre otra vuelta que dar, otro juego, otra necesidad que satisfacer. Son pinturas que se reproducen en acciones que estiran el tiempo y se pelean también con la exigencia de tener que llegar a una resolución que en realidad queremos demorar, una resolución que no quiere pensarse en singular sino en la multiplicidad.

Mariana Ferrari fue reconocida en los últimos años por una serie de pinturas algo más figurativas, muchas de las cuales desarman sobre su superficie imágenes y paletas de la tradición pictórica clásica y de lo local -la iconografía de lavanderas, maternidades, gauchos o paisajes campestres- para llevarlos al campo de la abstracción gestual o “aeróbica”, como la llamó el crítico Claudio Iglesias (2). Esta las carga de un dinamismo que, por un lado, parece querer destruirlas pero, por otro, busca devolver una energía natural a lo representado, a ese hecho convulsionado de construcción de las ideas y de lo nacional -otra exigencia conflictiva, inquieta o tal vez irresoluble, como lo hacen sospechar sus obras en papel o tela-. Esta manera tan suya de pensar la pintura en relación al territorio se manifiesta en el caso de esta exhibición -que amplía un proceso de trabajo más reciente- en el uso de materiales pobres, de su paleta terrosa y en el empleo de objetos que se combinan con la tela y el muro, como sogas, telas rasgadas y anudadas o maderas, capaces de invocar un espacio en construcción permanente, sacudido, fracturado, improvisado y, en cierto punto, congelado en medio de un momento de desenfreno. Antes, tal vez, de ser terminado o buscando frenéticamente una articulación. Una obra en obra. Tal como un entorno urbano y suburbano vivo, pero hecho de remiendos. Pintura al fin, pero en estado de catástrofe. Su abstracción es discursiva en tanto se nos presenta como este espacio de montaje aguerrido, superviviente, entre heroico y bestial, pero también sufriente y vapuleado.

La obra de Mariana Ferrari se debate entre el gesto grandioso y la inevitabilidad de llevarse adelante con lo posible: un cuerpo, unos recursos finitos, tiempos limitados. Con estas (im)posibilidades cargadas en los hombros, ella se enfrenta al panel y la tela, a la composición, como a una ruleta y juega sobre ella hasta el agotamiento, produciendo pintura y todas las pinturas admisibles al mismo tiempo, amplificando el cauce de manifestaciones infinitas del que la pintura supo apropiarse. La posibilidad de multiplicarse puede pensarse, justamente, como resultado de su aparente insuficiencia. La pintura de Ferrari es ejercicio en estado puro. En ella, la prueba equivale a la resolución, un hecho que se manifiesta en el vínculo que existe entre sus movimientos y el soporte que los recibe y sostiene, superficie de descarga y espacio inmediato de producción con ansias de ampliarse siempre un poco más -a los bordes, a los dorsos, a los “entres”-. En su rica ambigüedad -la de un acabado que sólo llama a nuevos acabados-, ella propone una manera de equilibrar límites y voluntad, resistencia y demanda, hallazgo y hecho truncado. Su trabajo crea un paisaje de lo pictórico cargado de fuerza que exhibe una necesidad de acción más que de representación, celebratorio pero no absoluto y, fundamentalmente, que sea excusa para seguir buscando más maneras de pintar.

Alejandra Aguado

1. El título “Sí, no y otras opciones” es tomado del texto del crítico alemán Jan Verwoert “Exhaustion & Exuberance. Ways to Defy the Pressure to Perform”, publicado en ocasión del festival Art Sheffield 08 Yes No & Other Options, y que reflexiona sobre la exigencia de rendimiento de la cultura post-industrial y se pregunta cómo puede ser posible resistirse a esa necesidad de “rendir” (perform) de manera permanente.

2. Claudio Iglesias, “Papeles tucumanos”, RADAR, Página/12, 22/03/2015.

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BAJA_4070069Fotos: Florencia Lista